31 ago 2026

Treinta años de HAART: estamos vivos, sí. Pero ¿por qué no llega la Cura?


Este año se cumplen
30 años del Tratamiento Antirretroviral de Alta Eficacia (HAART). Treinta años desde que la historia del VIH cambió para siempre. Treinta años desde que millones de nosotros dejamos de recibir diagnósticos que eran, en la práctica, sentencias de muerte. Treinta años desde que la ciencia demostró que podía salvar vidas.

Treinta años después, estoy vivo. Estamos vivos. Y eso merece celebrarse.

Pero también merece pensarse. Y, sobre todo, decirse.

Porque si bien el HAART nos dio vida, también nos reveló algo que rara vez se nombra en público: la Cura no llega porque el poder corporativo no la quiere.

Treinta años de HAART también significan treinta años de un modelo de negocio que necesita que sigamos siendo pacientes crónicos, consumidoras permanentes de medicamentos convertidos en mercancía. Una mercancía que alimenta ganancias astronómicas y sostiene monopolios que ningún gobierno parece dispuesto a enfrentar.

La arquitectura de la cronicidad está diseñada para que:

  • los tratamientos sean eternos,
  • los precios sean abusivos,
  • los monopolios sean incuestionables,
  • y la Cura sea siempre una promesa lejana.

No es casualidad. No es un error. No es un problema técnico. Es una decisión política y económica.

En estos treinta años, el mercado del VIH no solo se sostuvo: se expandió.

La PrEP es una herramienta biomédica efectiva, sí. Pero también es una estrategia corporativa para ampliar la base de consumidores. Porque los 40 millones de personas que tenemos VIH en el mundo no alcanzan. El mercado necesita cientos de millones. Necesita miles de millones.

Y así aparece la lógica perversa del “consumo de ARVs para prevenir el consumo de ARVs”. (como diría Paul Preciado)

Mientras tanto:

  • casi 10 millones de personas con VIH siguen sin acceso al tratamiento,
  • alrededor de 600 mil mueren cada año,
  • y sabemos que Indetectable = Intransmisible,
  • que el Tratamiento como Prevención (TasP) es la mejor prevención,
  • y que la prevención definitiva es la Cura.

Sin embargo, dedicamos tiempo, recursos y activismo a garantizar ARVs para quienes no tienen VIH, mientras millones que sí lo tienen siguen sin acceso al tratamiento.

¿A quién le sirve esa agenda? ¿A las comunidades? ¿O a las corporaciones?

Treinta años de HAART, cero años de Cura: ¿casualidad? No. Poder.

La pregunta que deberíamos hacernos es simple: Si la ciencia pudo desarrollar tratamientos que nos permiten vivir décadas, ¿por qué no pudo —o no quiso— desarrollar la Cura?

La respuesta es incómoda: Porque la Cura rompe el modelo de negocio. Porque la Cura redistribuye poder. Porque la Cura termina con la dependencia. Porque la Cura no es rentable.

Treinta años de HAART nos enseñan que la ciencia puede salvar vidas. Treinta años de corporaciones nos enseñan que el mercado puede impedir que la ciencia avance hacia donde más lo necesitamos.

Lo más doloroso es que parte del activismo global ha sido colonizado por esta arquitectura corporativa. Repetimos sus prioridades. Defendemos sus innovaciones. Exigimos acceso a sus productos sin cuestionar sus monopolios. Nos movilizamos para expandir mercados, no para conquistar derechos.

Ejemplo claro: La obsesión por exigir acceso universal a Lenacapavir mientras millones de personas con VIH siguen sin acceso al tratamiento básico.

No es culpa individual. Es captura política.

Pero es hora de romperla.

Si algo nos enseñan estas tres décadas es que la vida no se defiende solo con medicamentos. Se defiende con poder.

Necesitamos un activismo que:

  • exija acceso universal al tratamiento para todas las personas con VIH,
  • denuncie la arquitectura de la cronicidad,
  • frene la expansión corporativa disfrazada de prevención,
  • recupere el financiamiento para la movilización comunitaria,
  • y coloque la Cura como horizonte político, no como slogan vacío.

La movilización comunitaria no es un accesorio técnico. Es una herramienta de redistribución de poder.

Cuando las comunidades producen datos, monitorean, exigen transparencia y definen agendas, las corporaciones pierden control. Y cuando las corporaciones pierden control, la Cura deja de ser imposible.

Treinta años de HAART: estamos vivos. Pero queremos más que sobrevivir.

Treinta años después, celebro la vida. Celebro la resistencia. Celebro la ciencia que nos permitió llegar hasta aquí.

Pero también digo, con toda claridad:

No queremos ser consumidores eternos. Queremos ser libres. Y la libertad, en esta lucha, tiene un nombre: la Cura.

Treinta años de HAART no pueden convertirse en treinta años más de cronicidad impuesta. Es hora de disputar poder. Es hora de descolonizar el activismo. Es hora de exigir lo que el mercado nunca nos va a dar voluntariamente: la Cura, el acceso universal al tratamiento y la soberanía sanitaria de nuestras comunidades.

Seguimos exigiendo la CURA!!!!

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