Este año se cumplen 30 años del Tratamiento Antirretroviral de Alta Eficacia (HAART). Treinta años desde que la historia del VIH cambió para siempre. Treinta años desde que millones de nosotros dejamos de recibir diagnósticos que eran, en la práctica, sentencias de muerte. Treinta años desde que la ciencia demostró que podía salvar vidas.
Treinta años después, estoy vivo. Estamos vivos. Y eso merece celebrarse.
Pero también merece pensarse.
Y, sobre todo, decirse.
Porque si bien el HAART nos dio
vida, también nos reveló algo que rara vez se nombra en público: la Cura no
llega porque el poder corporativo no la quiere.
Treinta años de HAART también
significan treinta años de un modelo de negocio que necesita que sigamos siendo
pacientes crónicos, consumidoras permanentes de medicamentos convertidos
en mercancía. Una mercancía que alimenta ganancias astronómicas y sostiene
monopolios que ningún gobierno parece dispuesto a enfrentar.
La arquitectura de la cronicidad
está diseñada para que:
- los tratamientos sean eternos,
- los precios sean abusivos,
- los monopolios sean incuestionables,
- y la Cura sea siempre una promesa lejana.
No es casualidad. No es un error.
No es un problema técnico. Es una decisión política y económica.
En estos treinta años, el mercado
del VIH no solo se sostuvo: se expandió.
La PrEP es una herramienta
biomédica efectiva, sí. Pero también es una estrategia corporativa para ampliar
la base de consumidores. Porque los 40 millones de personas que tenemos VIH en
el mundo no alcanzan. El mercado necesita cientos de millones. Necesita miles
de millones.
Y así aparece la lógica perversa
del “consumo de ARVs para prevenir el consumo de ARVs”. (como diría Paul
Preciado)
Mientras tanto:
- casi 10 millones de personas con VIH siguen
sin acceso al tratamiento,
- alrededor de 600 mil mueren cada año,
- y sabemos que Indetectable = Intransmisible,
- que el Tratamiento como Prevención (TasP) es
la mejor prevención,
- y que la prevención definitiva es la Cura.
Sin embargo, dedicamos tiempo,
recursos y activismo a garantizar ARVs para quienes no tienen VIH, mientras
millones que sí lo tienen siguen sin acceso al tratamiento.
¿A quién le sirve esa agenda? ¿A
las comunidades? ¿O a las corporaciones?
Treinta años de HAART, cero
años de Cura: ¿casualidad? No. Poder.
La pregunta que deberíamos
hacernos es simple: Si la ciencia pudo desarrollar tratamientos que nos
permiten vivir décadas, ¿por qué no pudo —o no quiso— desarrollar la Cura?
La respuesta es incómoda: Porque
la Cura rompe el modelo de negocio. Porque la Cura redistribuye
poder. Porque la Cura termina con la dependencia. Porque la Cura no
es rentable.
Treinta años de HAART nos enseñan
que la ciencia puede salvar vidas. Treinta años de corporaciones nos enseñan
que el mercado puede impedir que la ciencia avance hacia donde más lo
necesitamos.
Lo más doloroso es que parte del
activismo global ha sido colonizado por esta arquitectura corporativa.
Repetimos sus prioridades. Defendemos sus innovaciones. Exigimos acceso a sus
productos sin cuestionar sus monopolios. Nos movilizamos para expandir mercados,
no para conquistar derechos.
Ejemplo claro: La obsesión por
exigir acceso universal a Lenacapavir mientras millones de personas con VIH
siguen sin acceso al tratamiento básico.
No es culpa individual. Es
captura política.
Pero es hora de romperla.
Si algo nos enseñan estas tres
décadas es que la vida no se defiende solo con medicamentos. Se defiende
con poder.
Necesitamos un activismo que:
- exija acceso universal al tratamiento para todas
las personas con VIH,
- denuncie la arquitectura de la cronicidad,
- frene la expansión corporativa disfrazada de
prevención,
- recupere el financiamiento para la movilización
comunitaria,
- y coloque la Cura como horizonte político,
no como slogan vacío.
La movilización comunitaria no es
un accesorio técnico. Es una herramienta de redistribución de poder.
Cuando las comunidades producen
datos, monitorean, exigen transparencia y definen agendas, las corporaciones
pierden control. Y cuando las corporaciones pierden control, la Cura deja de
ser imposible.
Treinta años de HAART: estamos
vivos. Pero queremos más que sobrevivir.
Treinta años después, celebro la
vida. Celebro la resistencia. Celebro la ciencia que nos permitió llegar hasta
aquí.
Pero también digo, con toda
claridad:
No queremos ser consumidores
eternos. Queremos ser libres. Y la libertad, en esta lucha, tiene
un nombre: la Cura.
Treinta años de HAART no pueden
convertirse en treinta años más de cronicidad impuesta. Es hora de disputar
poder. Es hora de descolonizar el activismo. Es hora de exigir lo que el
mercado nunca nos va a dar voluntariamente: la Cura, el acceso universal al
tratamiento y la soberanía sanitaria de nuestras comunidades.
Seguimos exigiendo la CURA!!!!
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